Si una escala se traslada fuera de la UE, el carbono sigue existiendo; solo cambia de lugar.
Dicen que “rectificar es de sabios” y, desde luego, merece ser reconocido. Más aún cuando supone admitir que una norma ha producido efectos distintos de los que perseguía. La propuesta de revisión del ETS parte, precisamente, de ese reconocimiento: el sistema ha favorecido fugas de carbono y de actividad hacia puertos no comunitarios. No era una simple advertencia de los puertos europeos. Era una realidad. Y conviene valorar que Bruselas haya decidido afrontarla.
La revisión incorpora medidas para corregir algunas distorsiones. Habrá que comprobar si resultan suficientes y si no generan nuevos efectos indeseados, especialmente si finalmente prospera la ampliación del ETS a buques de menor tamaño, con el consiguiente riesgo de perjudicar al transporte marítimo de corta distancia y favorecer un trasvase hacia la carretera.
Pero, más allá de los cambios concretos que finalmente vean la luz, la propuesta deja una enseñanza mucho más profunda. La propia necesidad de revisar el sistema demuestra los límites de intentar regular, exclusivamente desde Europa, un mercado global.
El transporte marítimo no entiende de fronteras regulatorias. Las mercancías no desaparecen porque cambien de puerto. Tampoco las emisiones. Si una escala se traslada fuera de la UE, el carbono sigue existiendo; solo cambia de lugar. La descarbonización solo será eficaz cuando consiga reducir emisiones, no cuando las desplace. Por eso, el verdadero horizonte sigue estando en la Organización Marítima Internacional. No se puede pasar por alto la enorme dificultad de alcanzar un consenso global entre intereses tan diversos. El reciente aplazamiento de un acuerdo que parecía cercano demuestra hasta qué punto ese camino será largo y complejo. Pero esa dificultad no convierte en más eficaz una respuesta exclusivamente regional.
Europa ha optado por liderar la transición energética. Pero ese liderazgo solo alcanzará todo su potencial si logra que las grandes decisiones avancen también en el ámbito internacional. Porque las emisiones no desaparecen cuando cambian de puerto. Y en el comercio marítimo no hay islas; tampoco deberían existir cuando se diseñan las reglas que pretenden hacerlo más sostenible.
