Editorial  | 

Bruselas necesita corregir el rumbo

Durante demasiado tiempo, Europa ha legislado fijando objetivos, obligaciones y calendarios sin garantizar al mismo ritmo las infraestructuras, la tecnología o las condiciones industriales necesarias para cumplirlos.

Europa ha enarbolado la bandera de la descarbonización, uno de sus grandes caballos de batalla. Y con razón. Reducir emisiones, avanzar hacia una economía menos dependiente de los combustibles fósiles y acelerar la transición energética son objetivos que no deberían ponerse en cuestión. El problema empieza cuando la ambición corre más deprisa que la realidad.
Durante demasiado tiempo, Bruselas ha legislado fijando objetivos, obligaciones y calendarios sin garantizar al mismo ritmo las infraestructuras, la tecnología o las condiciones industriales necesarias para cumplirlos. El resultado es una transición cuyo coste recae, cada vez con mayor intensidad, sobre unas empresas que compiten en mercados globales donde no todos juegan con las mismas reglas.

El ETS marítimo constituye un buen ejemplo. Si una norma desplaza actividad, empleo y escalas a puertos extracomunitarios sin reducir las emisiones globales, es una política climática fracasada; una fuga de carbono y de competitividad europea. Así de contundente se mostró el eurodiputado del PP, Borja Giménez, en una entrevista concedida a Transporte XXI: “Descarbonizar, sí; desindustrializar Europa, no”. El mismo riesgo aparece cuando producir en Europa resulta cada vez más difícil. La transición no puede medirse únicamente por las emisiones que desaparecen del territorio europeo. También hay que tener en cuenta cuánta producción, tecnología, inversión y empleo desaparecen con ellas.

Algo parece empezar a cambiar. La competitividad ha regresado al discurso europeo y Bruselas comienza a revisar algunas de sus decisiones. La propia revisión del ETS marítimo reconoce el riesgo del desvío de tráficos y plantea medidas para combatirlo. Es un paso en la buena dirección. Quizá Europa necesita un tiempo muerto. No para detener la transición energética ni rebajar su ambición, sino para medir mejor sus consecuencias, evaluar el efecto acumulado de la regulación y acompañar las exigencias ambientales de una verdadera política industrial. Todavía hay tiempo. La cuestión es si Bruselas aprovechará las señales para corregir el rumbo o continuará una huida hacia adelante que empieza a dejar demasiadas heridas en la competitividad de su industria.