Editorial  | 

Carbono a la fuga

Bruselas pretende reducir emisiones, objetivo que no es discutible, pero corre el riesgo de exportarlas.

Bruselas se dispone a revisar el régimen comunitario de comercio de derechos de emisión, conocido como ETS, una de las principales herramientas para la descarbonización del transporte marítimo. La CE presentará en julio una propuesta de actualización para adaptarlo a los objetivos climáticos posteriores a 2030. Pero antes de seguir elevando la ambición regulatoria, debería detenerse a analizar qué está ocurriendo realmente sobre el terreno.

La lógica del sistema era aparentemente impecable. Gravar las emisiones para incentivar la reducción de CO2 y acelerar la transición energética. Sin embargo, la experiencia demuestra que el mercado no siempre responde como imaginan los reguladores. Cuando una norma genera diferencias competitivas significativas entre territorios vecinos, los flujos económicos tienden a desplazarse hacia donde los costes son menores. Y eso, precisamente, está empezando a suceder. Los grandes puertos de transbordo del Mediterráneo son los primeros en sufrir las consecuencias. Pero el fenómeno ya no se limita a unos pocos enclaves estratégicos. Cada vez aparecen más ejemplos de reorganización de escalas, pérdida de conectividad directa y desvío de tráficos hacia puertos situados fuera de la Unión Europea.

La contradicción es alarmante. Bruselas pretende reducir emisiones, objetivo que no es discutible, pero corre el riesgo de exportarlas. Los barcos siguen navegando y el comercio continúa fluyendo. Lo único que cambia es el lugar donde se realizan determinadas escalas. La situación resulta especialmente preocupante para el transporte marítimo de corta distancia, uno de los grandes aliados de la sostenibilidad en Europa. Las primeras señales de retorno de determinadas cargas a la carretera deberían hacer saltar todas las alarmas.

La próxima revisión del ETS ofrece una oportunidad para corregir distorsiones antes de que se conviertan en daños permanentes. Porque una política climática que debilita los puertos europeos, desplaza inversiones y favorece la fuga de carbono no está acelerando la transición. Está erosionando la posición estratégica de Europa en el comercio mundial. Y eso, en el actual contexto geopolítico, es un lujo que la Unión Europea difícilmente puede permitirse.

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