Opinión  | 

Del daño visible al riesgo invisible: cómo evoluciona la cadena logística

Antonio Mengod. Director de Logística de RibéSalat

La evolución de la cadena logística obliga a replantear el enfoque tradicional del riesgo.

 

Durante años, la gestión del riesgo en logística se ha centrado en lo tangible: daños, robos o incidencias puntuales durante el transporte. Sin embargo, el verdadero cambio en el sector no está en la frecuencia de estos eventos, sino en la naturaleza de los riesgos que hoy condicionan la operativa.

En un entorno global, altamente interconectado y con múltiples intervinientes, la mercancía ya no solo se enfrenta a peligros físicos, sino a amenazas menos visibles que pueden comprometer toda la cadena de valor. Entender esta evolución no es solo una cuestión técnica, sino una necesidad estratégica para cualquier empresa que dependa de la fiabilidad logística.

Precisamente por eso, cuando una mercancía se retrasa, se daña o simplemente no aparece, el impacto es inmediato y obliga a mirar más allá del incidente puntual. Cada interrupción puede afectar a compromisos comerciales, procesos productivos, relaciones con clientes o costes operativos, especialmente en cadenas de suministro que trabajan con plazos cada vez más ajustados.

La logística actual exige anticiparse, reaccionar con rapidez, rediseñar rutas y buscar alternativas. Todo ello con una finalidad clara: que llegue a su destino en tiempo y forma, sin margen para el error. Ese nivel de exigencia se da, además, en un escenario en el que el comercio mundial superó los 35 billones de dólares en 2025, según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), y en el que los flujos de mercancías no han dejado de crecer en volumen y complejidad.

El incremento de la actividad, la diversificación de rutas y la participación de múltiples actores en un mismo proceso han configurado un sistema más dinámico, en el que la gestión y el control adquieren un papel cada vez más determinante. Por este motivo, el riesgo ya no puede entenderse únicamente como un elemento puntual asociado al transporte. Ha pasado a ser una variable estructural que acompaña a la mercancía desde su origen hasta su entrega final. Y es precisamente esta visión más amplia la que permite comprender mejor los desafíos actuales del sector.

Tradicionalmente, los incidentes más habituales se han vinculado a daños físicos (golpes, roturas o deterioros derivados de una estiba inadecuada) o a robos, especialmente en determinados tramos del transporte terrestre, como áreas de servicio o parkings no seguros. Pero lo que está cambiando no es tanto la existencia de incidencias como su naturaleza.

Desaparición de la mercancía

En los últimos años han comenzado a ganar peso riesgos menos visibles. Entre ellos, destacan las prácticas de suplantación de identidad en la contratación de servicios de transporte o la aparición de intermediarios que, tras intervenir en la operación, dejan de estar localizables. Operaciones que comienzan con total normalidad pueden acabar, simplemente, con la desaparición de la mercancía en algún punto de la cadena.

Este tipo de situaciones no responde tanto a fallos puntuales como a la propia evolución del sistema logístico. La creciente fragmentación de la cadena -impulsada por la externalización de servicios o la incorporación de nuevos actores- ha generado entornos donde la trazabilidad no siempre es completa.

En estos escenarios, la coordinación entre las distintas partes implicadas adquiere una relevancia especial, al igual que la necesidad de establecer mecanismos de control y validación más rigurosos. Porque cuanto más ágil y flexible es el sistema, más importante resulta entender quién interviene en cada fase y bajo qué condiciones.

Más allá de la operativa: el peso del contexto global

En el ámbito marítimo, que concentra alrededor del 80% del volumen del comercio mundial, según datos de la UNCTAD, la gestión de la carga continúa siendo un factor determinante. Una estiba adecuada no sólo protege la mercancía, sino que garantiza la seguridad de toda la operativa. Los desplazamientos de carga, las averías o las pérdidas parciales siguen siendo riesgos presentes, especialmente en trayectos largos o en condiciones adversas.

A ello se suman factores externos como la congestión portuaria, los cambios en las rutas comerciales o las tensiones geopolíticas, que pueden incidir directamente en los plazos de entrega. Los recientes episodios en el Estrecho de Ormuz -donde se han producido incidentes con buques y episodios de restricción del tráfico- evidencian hasta qué punto determinados enclaves estratégicos pueden condicionar el flujo global de mercancías. Esta variable resulta especialmente crítica en el caso de mercancías sensibles, como productos perecederos, donde cualquier retraso puede traducirse en una pérdida total o parcial de su valor.

En este escenario, conviene no perder de vista una idea clave: la mercancía en tránsito no es únicamente un conjunto de bienes en movimiento, sino que, en muchos casos, representa directamente los ingresos de la empresa. Por eso, cualquier incidencia tiene un impacto que va más allá de lo logístico y se traslada al conjunto del negocio.

De ahí que la gestión del riesgo en logística requiera cada vez más una aproximación integral. No basta con poner el foco en el transporte como fase aislada; es necesario analizar el conjunto de la cadena, identificar los puntos críticos y comprender cómo interactúan los distintos elementos que la componen.

La evolución de la cadena logística obliga a replantear el enfoque tradicional del riesgo. Ya no se trata únicamente de proteger la mercancía frente a daños físicos, sino de anticipar, identificar y gestionar riesgos difusos que afectan a la trazabilidad, la fiabilidad de los intervinientes y la estabilidad del entorno global. En este contexto, las organizaciones que integren una visión transversal del riesgo -combinando control operativo, información y toma de decisiones estratégica- estarán mejor posicionadas para competir.

Porque asegurar la llegada de la mercancía no es solo cumplir con un proceso, es garantizar ingresos, proteger márgenes y salvaguardar la continuidad del negocio. Y precisamente por ello, hoy más que nunca, la gestión del riesgo en logística ha dejado de ser una cuestión operativa para convertirse en una decisión empresarial crítica.