Un sector que representa uno de los principales pilares de la economía necesita planificación y necesita anticiparse.
Planificar un cambio y conseguir que ocurra son dos cosas muy distintas. La primera exige reflexión, análisis y visión estratégica. La segunda requiere continuidad, capacidad de decisión y, sobre todo, una gobernanza capaz de pasar del papel a la realidad.
En planificación, España saca buena nota. El transporte cuenta con un volumen ingente de estrategias, hojas de ruta, planes de descarbonización, observatorios, estudios y documentos de reflexión. Nunca se había analizado con tanto detalle el funcionamiento de las cadenas de suministro, ni se habían identificado con tanta precisión los grandes desafíos del sector: ‘agenda verde’, digitalización, competitividad, ferrocarril, escasez de conductores, intermodalidad…
Todo ese conocimiento constituye un activo enorme. Sería un error no ponerlo en valor. Un sector que representa uno de los principales pilares de la economía necesita planificación y necesita anticiparse. El transporte no puede improvisar su futuro. Pero llega un momento en que el éxito de una estrategia deja de medirse por la calidad de su diagnóstico: se mide por su capacidad para pasar de las palabras a los hechos. Ahí está la asignatura pendiente.
Los gobiernos cambian, las estrategias se suceden y los documentos se acumulan encima de la mesa. Mientras tanto, buena parte de los grandes retos del transporte permanecen prácticamente inalterables. No porque se desconozcan sus causas, sino porque cuesta convertir los consensos en decisiones sostenidas en el tiempo. Esa continuidad en el diagnóstico debería traducirse, por fin, en una continuidad en la ejecución. Basta recorrer los grandes debates de los últimos meses.
El tren de mercancías sigue aspirando a ganar cuota modal. Sin embargo, cuando operadores y cargadores vuelven a sentarse a la mesa, las conclusiones son prácticamente idénticas a las de hace una década: más fiabilidad, más flexibilidad, mejor gestión de las terminales, servicios multicliente y una oferta orientada a las necesidades del mercado. No faltan diagnósticos. La iniciativa ‘Mercancías 30’ es el enésimo plan de impulso del ferrocarril. Lo que falta es que el cliente perciba que esos problemas empiezan a resolverse.
La transición energética ofrece otro ejemplo revelador. El debate ya no gira en torno a la descarbonización. Ese consenso ya nadie lo pone en duda. La cuestión es cómo hacerlo sin perder competitividad y sin convertir una transición necesaria en un proceso económicamente insostenible. Durante los últimos meses, los principales actores coinciden en una misma idea: la descarbonización solo será posible mediante un enfoque multitecnológico. El camino empieza a estar bien definido. Ahora falta construir las infraestructuras, desarrollar la producción energética, acelerar las autorizaciones y ofrecer la estabilidad regulatoria que permita a las empresas invertir con seguridad.
Algo parecido ocurre con la digitalización. La implantación de la carta de porte electrónica ya tiene calendario. Las ventajas son conocidas. El reto ya no consiste en convencer al sector de que debe digitalizarse. Consiste en garantizar que administraciones y operadores sean capaces de culminar con éxito una transformación que no admite más demoras.
También la logística ha ganado un protagonismo inédito. La pandemia, la geopolítica, la crisis energética y la reorganización de las cadenas de suministro han situado al transporte en el centro del debate económico. España dispone de condiciones extraordinarias para consolidarse como un gran hub logístico global gracias a su posición geográfica, sus puertos, su tejido empresarial y su conexión entre continentes. Pero las ventajas competitivas solo generan riqueza cuando van acompañadas de políticas coherentes, inversiones sostenidas y una visión de país capaz de trascender los ciclos políticos.
La reciente asamblea de Anave volvió a dejar un mensaje que resume bien este momento. La aprobación de la Estrategia Marítima de España constituye una magnífica noticia. Es una herramienta necesaria. Pero, como recordó el presidente de la asociación, el verdadero reto empieza ahora: conseguir que esa estrategia no quede reducida a un excelente documento de referencia, sino que se traduzca en medidas concretas capaces de reforzar la competitividad del sector, recuperar el atractivo del Registro Especial de Canarias y consolidar el papel marítimo de España. Esa reflexión describe uno de los grandes desafíos de toda la política de transportes. Y es precisamente ahí donde el concepto de gobernanza adquiere todo su sentido.
Escuchar al sector es imprescindible. Marcar estrategias también. Pero gobernar no consiste solo en diagnosticar los problemas ni en aprobar documentos bien construidos; implica establecer prioridades, coordinar administraciones, dotar recursos, eliminar barreras regulatorias, fijar calendarios realistas y mantener el rumbo para que las reformas sobrevivan a los cambios de legislatura.
Las estrategias y los planes de actuación seguirán siendo imprescindibles, pero ha llegado el momento de pasar del papel a la realidad.
