Editorial  | 

El mapa marítimo no es eterno

Los puertos españoles saben bien hasta qué punto las grandes corrientes comerciales pueden modificar el valor de la geografía.

El mapa del comercio marítimo mundial parece escrito con tinta indeleble. Las grandes rutas entre Asia y Europa, los pasos por Malaca y Suez y la posición de los principales puertos han configurado unas cadenas logísticas aparentemente blindadas ante cualquier alteración. Pero los mapas comerciales, a diferencia de los físicos, no son eternos. La crisis del mar Rojo es solo un ejemplo. Y China vuelve a recordarlo con sus pruebas para consolidar una conexión marítima con Europa a través del Ártico. La denominada Ruta Marítima del Norte permite recortar varios miles de millas respecto al itinerario por Suez y reducir casi la mitad los tiempos de tránsito. Sus limitaciones son evidentes: estacionalidad, hielo, seguridad, impacto ambiental y una enorme complejidad geopolítica por su dependencia de Rusia. Quizá nunca deje de ser una alternativa para determinados tráficos. Pero una nueva ruta no necesita sustituir a las existentes para cambiar el mapa. Basta con convertirse en una opción creíble.

Los puertos españoles saben bien hasta qué punto las grandes corrientes comerciales pueden modificar el valor de la geografía. Hasta 1978, los enclaves de la fachada atlántica movían más mercancías que los del Mediterráneo. El desplazamiento hacia Asia del centro de gravedad del comercio mundial, con China como gran protagonista, ha ido inclinando la balanza hacia Algeciras, Valencia o Barcelona, mejor posicionados en las nuevas rutas entre Asia y Europa. Hoy, los puertos mediterráneos concentran ya el 68 por ciento de los tráficos del sistema portuario español. Pero el mapa siguió moviéndose. Basta mirar al otro lado del Estrecho. El crecimiento meteórico de Tánger Med demuestra que la posición geográfica constituye una oportunidad, pero no garantiza una ventaja permanente.

Ahora se incorporan nuevas variables. A los tiempos de tránsito se suman la seguridad de las rutas, la geopolítica, el coste energético o la regulación ambiental. Las cadenas de suministro que durante décadas persiguieron casi exclusivamente eficiencia buscan también resiliencia y alternativas. Es pronto para saber qué papel desempeñará el Ártico, pero su irrupción vuelve a recordar que ninguna ruta está garantizada para siempre.