Editorial  | 

El transporte se la juega al volante

El déficit de profesionales se ha convertido en el principal quebradero de cabeza del sector y, probablemente, en su mayor riesgo estratégico.

Mientras esté la carretera, no habrá desabastecimiento. Así lo ha vuelto a recordar la patronal CETM, en clara alusión a los recientes problemas del ferrocarril, desde el accidente de Adamuz a las incidencias de Rodalies. Una afirmación que sirve para subrayar el papel esencial del transporte por carretera, pero que esconde una advertencia mucho más profunda: sin conductores, la carretera tampoco estará.

El déficit de profesionales se ha convertido en el principal quebradero de cabeza del sector y, probablemente, en su mayor riesgo estratégico. No hablamos de un problema coyuntural. Con una carencia estimada de decenas de miles de conductores y una edad media que supera los 55 años, el transporte se enfrenta a un desafío estructural que amenaza su continuidad. Poner al conductor al frente no es un eslogan, es una necesidad. Es reconocer que las personas que van al volante son los principales activos de la cadena de suministro. Mejorar el trato en los centros de carga y descarga, reducir tiempos de espera, crear áreas de descanso seguras, facilitar el acceso a la formación y abrir vías reales de incorporación -también desde terceros países- no son concesiones sociales: son inversiones clave para garantizar el funcionamiento del sistema.

A partir de ahí, llegan los otros grandes retos, también viejos conocidos. La sostenibilidad y la digitalización marcan el futuro del transporte, pero no pueden abordarse de espaldas a la realidad económica del sector. Renovar flotas, incorporar nuevas tecnologías, adaptarse a una presión normativa creciente y avanzar en la descarbonización exige fuertes inversiones en un contexto de márgenes ajustados y costes al alza. Y una empresa no solo debe ser sostenible medioambientalmente, también económica y socialmente. Sin viabilidad económica no hay transición posible, y sin empresas rentables no hay empleo, ni inversión, ni modernización. Apostar por la neutralidad tecnológica, soluciones realistas y calendarios asumibles no es frenar el cambio, es hacerlo posible.

El transporte por carretera necesita buenas infraestructuras, un marco regulatorio coherente y una Administración que escuche y acompañe. Pero, sobre todo, necesita una mirada estratégica que empiece por lo esencial: las personas.