Editorial  | 

La dictadura del petróleo

El gasóleo sigue siendo el principal combustible del transporte europeo y, por extensión, de buena parte de la cadena logística.

La geopolítica ha vuelto a recordar al transporte quién fija las reglas del juego. La guerra en Irán ha disparado la incertidumbre en los mercados energéticos y, con ella, el precio del combustible, que representa alrededor del 40 por ciento de los costes de explotación de las empresas de transporte por carretera. Y cada vez que el crudo se mueve con violencia, el sector, acostumbrado a operar con márgenes estrechos, acusa el golpe.

No es una sorpresa. El gasóleo sigue siendo el principal combustible del transporte europeo y, por extensión, de buena parte de la cadena logística. Cuando sube el petróleo, crecen los costes operativos. Y cuando estos aumentan, el impacto termina trasladándose, antes o después, al conjunto de la economía. La historia reciente lo demuestra. La guerra de Ucrania provocó una espiral de precios que obligó a los gobiernos europeos a intervenir con ayudas directas al combustible para evitar un colapso en la actividad. Ahora, con un nuevo foco de inestabilidad geopolítica, el sector vuelve a mirar al mercado energético con preocupación. Las asociaciones de transportistas urgen medidas de apoyo si la escalada de precios se consolida, con amenaza de movilizaciones incluida.

Pero más allá de las respuestas coyunturales, la situación vuelve a poner sobre la mesa la extrema vulnerabilidad del sector a las crisis energéticas globales. En los últimos años, el debate se ha centrado en la transición energética y la descarbonización. Sin embargo, la dependencia estructural del petróleo continúa siendo elevada. Los combustibles alternativos avanzan, pero todavía no tienen ni la escala ni la infraestructura necesarias para sustituir al gasóleo en el transporte pesado de larga distancia.
Eso significa que cada crisis internacional que afecte al mercado del crudo seguirá teniendo un efecto directo sobre el sector.

En este contexto, el debate no debería limitarse a las ayudas puntuales cuando los precios se disparan. El verdadero desafío es estratégico: cómo reducir la vulnerabilidad energética del transporte sin comprometer su competitividad ni paralizar su actividad. Porque, de momento, cada crisis energética deja la misma lección: mientras el transporte por carretera dependa casi exclusivamente del petróleo, el sector seguirá teniéndolo crudo.