Editorial  | 

La paradoja de la sostenibilidad

Comprar se ha vuelto demasiado fácil; devolver, aún más.

La temporada alta del transporte express ha bajado el telón. Black Friday, Cyber Monday, Navidad y las rebajas de enero han vuelto a batir récords de envíos. Millones de paquetes moviéndose a contra reloj para cumplir una promesa que ya nadie cuestiona: todo en casa, y, si se puede, para ayer. Y, a ser posible, de forma sostenible.

Todo el mundo quiere ciudades limpias, menos tráfico y cero emisiones. Pero también se exige entregas en 24 horas, transporte gratuito y devoluciones sin coste. El resultado es un sistema logístico cada vez más eficiente y, al mismo tiempo, más tensionado. Las furgonetas son eléctricas, sí, pero son más. Y las rutas están optimizadas, pero se multiplican. La sostenibilidad avanza… mientras el volumen no deja de crecer.

El final de la campaña deja otra cifra incómoda: las devoluciones. Según estudios europeos, los comercios españoles sitúan de media en un 5,5 por ciento el porcentaje de paquetes que reciben como dañados, lo que se traduce en una proyección de 15,2 millones de artículos devueltos al año solo por este motivo. Y eso sin contar cambios de talla, productos que no convencen o compras impulsivas que regresan al origen casi sin estrenarse.

Cada devolución es un viaje de ida y vuelta. Más manipulación, más embalaje, más transporte y más costes. El consumidor pide sostenibilidad, pero su comportamiento empuja justo en la dirección contraria. Comprar se ha vuelto demasiado fácil; devolver, aún más. Y la factura ambiental rara vez aparece en el carrito de compra.

El sector logístico hace su parte: electrificación, combustibles alternativos, optimización de rutas, digitalización y control de emisiones. Pero hay una frontera que la tecnología no puede cruzar sola. La sostenibilidad no es solo una cuestión de flota o de combustible; es también una cuestión de hábitos. Y ahí el modelo actual chirría.

Se sigue actuando como si el transporte fuera invisible, gratuito y eterno. La logística no falla: cumple. El problema es que cumple un modelo de consumo que se contradice a sí mismo. Ha llegado el momento de asumir que la rapidez tiene un coste. Y devolver también. La sostenibilidad empieza mucho antes de que el paquete sale del almacén. Empieza, exactamente, en el momento de hacer clic.