Editorial  | 

Sin transporte no hay economía

El Gobierno debe entender que defender el sector es defender la economía.

El transporte por carretera no necesita proclamas grandilocuentes para demostrar su importancia. Le basta con detenerse unas horas para que el país entienda, ipso facto, hasta qué punto depende de él. Sin camiones no llegan las materias primas a las fábricas, no se llenan los lineales, no se abastecen los comercios, no funcionan las obras, no exporta la industria y no respira la economía. Pero conviene añadir algo más: sin personas tampoco hay transporte. Esa evidencia, tantas veces recordada en momentos de crisis, como la pandemia, debería traducirse en una política estable, coherente y respetuosa con la realidad empresarial del sector. Y ojo: “sin avances, habrá presión”, como advirtió el presidente de CETM en el marco del Congreso Nacional de Empresarios de Transporte, que volvió a situar en primer plano una idea esencial: el transporte necesita unidad, reconocimiento y estabilidad.

La transformación del transporte no se hará con discursos, sino con inversión. Digitalizar procesos, renovar flotas, incorporar nuevas tecnologías, mejorar la eficiencia, formar conductores, atraer talento joven y adaptarse a las exigencias medioambientales requiere recursos, tiempo y confianza. Por eso, el sector reclama un “marco estable”. No es una demanda corporativa ni una petición de privilegios. Es una condición mínima para preservar una actividad esencial para la economía. Si las barreras regulatorias o económicas expulsan del mercado a las pymes, el daño no se limitará al transporte. Lo sufrirán la industria, la distribución, el comercio, los consumidores y el conjunto del tejido productivo. Todas las empresas son necesarias, con independencia de su tamaño. Empobrecer esa diversidad por asfixia normativa sería debilitar el sistema logístico del país.

El Gobierno debe entender que defender el transporte es defender la economía. Reconocer su carácter esencial exige algo más que palabras en tiempos de crisis. Exige una política coherente, estable y proporcionada, que acompañe la modernización. Porque sin empresas viables no habrá transición energética, ni digitalización, ni relevo generacional, ni mejora de la competitividad. El transporte quiere avanzar. Y lo que pide es poder hacerlo sin que las reglas del juego se conviertan en el principal obstáculo.