Europa seguirá incorporando obligaciones y el mercado continuará elevando sus exigencias.
Hubo un tiempo en que para dedicarse al transporte había que saber, fundamentalmente, de transporte. Parece una obviedad, pero cada vez lo es menos. Conseguir clientes, organizar tráficos, controlar costes y prestar un buen servicio siguen siendo la esencia del negocio. La diferencia es que ahora todo eso ya no basta. La entrada en vigor del DeCA es un buen ejemplo. La digitalización documental supone un nuevo paso adelante, pero también deja al descubierto una brecha entre las empresas con estructuras preparadas para afrontar el cambio y las pymes y autónomos, que tienen más dificultades para absorberlo.
El DeCA es solo una pieza más. A la digitalización se suma la agenda verde, que obliga a tomar decisiones de inversión en un escenario tecnológico abierto. A ambas se añaden una regulación ambiental creciente, nuevas exigencias laborales, fiscales y documentales, ciberseguridad, protección de datos, formación o la necesidad de atraer conductores. Europa seguirá incorporando obligaciones y el mercado continuará elevando sus exigencias. El transporte se está haciendo mucho más complejo de gestionar.
La transformación alcanza incluso al propio chófer. Conducir continúa siendo el centro de su profesión, pero a su alrededor han crecido las exigencias documentales, tecnológicas y regulatorias, el manejo de aplicaciones y procedimientos de control. Toda esa complejidad necesita conocimiento, tecnología, tiempo y recursos. Y resulta inevitable preguntarse hasta qué punto acabará influyendo en un sector caracterizado históricamente por una enorme atomización.
Las operaciones corporativas y la entrada de inversores y fondos apuntan hacia una búsqueda creciente de escala. Pero sería precipitado concluir que ese será el único camino. El futuro del transporte no tiene por qué pertenecer necesariamente a las grandes empresas. Pero probablemente exigirá a todas, independientemente de su tamaño, capacidades empresariales cada vez mayores.
No corresponde decidir desde fuera del sector cuál debe ser la estructura empresarial. Pero sí conviene lanzar una pregunta: ¿hasta dónde puede seguir aumentando la complejidad del transporte sin transformar necesariamente su estructura empresarial?
