Editorial  | 

Incertidumbre, la nueva normalidad

El comercio internacional ya no se entiende como antes. En apenas una década, las rutas globales han cambiado de rumbo y la logística se ha convertido en un tablero geopolítico.

La pandemia, las guerras, la crisis energética y los nuevos costes medioambientales han puesto fin a la era del transporte sin fricciones, sin ‘tormentas perfectas’. La incertidumbre es la nueva normalidad.

Las cadenas globales de suministro se acortan. La palabra de moda es nearshoring, la producción más cerca del consumidor final. Europa quiere reducir su dependencia de Asia y fortalecer su autonomía industrial, pero redibujar el mapa no es tan fácil.

Trasladar producción al continente europeo es caro y lento. El norte de África, con Marruecos a la cabeza, está sabiendo aprovechar esta coyuntura. Su desarrollo logístico e industrial, impulsado por el puerto de Tánger Med y la industria del automóvil, hortofrutícola o textil, demuestra que la proximidad puede ser una ventaja real cuando se combina con visión y estrategia.

Mientras tanto, Europa sigue atrapada entre la ambición climática y la realidad económica. Los nuevos costes derivados del ETS, el ‘Fit for 55’ o el CBAM penalizan al transporte y a la industria. La apuesta por el vehículo eléctrico abre aún más espacio a China, que domina la tecnología y las materias primas. En nombre de la sostenibilidad, Europa se está especializando en complicarse sola la vida.

La geografía del comercio se está reescribiendo, y la logística española no puede permanecer al margen. El Mediterráneo vuelve a ser un eje estratégico: el norte de África gana peso, los corredores transeuropeos adquieren una nueva dimensión y los puertos deben repensarse como nodos industriales y energéticos. Pero para aprovechar esta oportunidad, Europa -y España con ella- necesita algo más que declaraciones: necesita infraestructuras, planificación y una política logística coordinada.

El año 2026, que todavía está despertando, no traerá estabilidad, sino adaptación. El mapa logístico mundial se sigue moviendo, y lo hace deprisa. Las cadenas globales de suministro del futuro serán más cortas, más digitales y más expuestas a la política. Quien se limite a esperar que el mercado se reordene solo, acabará fuera de él.