Opinión  | 

Visibilidad vs importancia: la Aduana que no sale en los telediarios

Sira Aranguren. CEO de Tybaris

La Unión Europea está utilizando la frontera como instrumento de política industrial, climática, comercial y regulatoria.

 

El 1 de julio de 2026 entró en aplicación una medida que ha ocupado titulares, tertulias y telediarios: el nuevo coste de 3 euros por cada mercancía de bajo valor importada en la Unión Europea. La llamada “tasa Shein” ha sido fácil de contar y fácil de entender. Afecta al consumidor, tiene una cifra concreta y se asocia a plataformas que todos conocen.

Pero ese mismo día empezaron a aplicarse cambios con un impacto potencialmente mucho mayor para la economía real y, sin embargo, apenas han tenido espacio en los medios generalistas y muy poco incluso en los medios del sector. Me refiero al nuevo marco aplicable a los productos siderúrgicos, que se suma al CBAM y al nuevo Reglamento de envases y embalajes, cuya aplicación está prevista a partir del 12 de agosto. Tres piezas distintas de una misma realidad: la Unión Europea está utilizando la frontera como instrumento de política industrial, climática, comercial y regulatoria.

Y esto no afecta solo a quien importa acero, aluminio o productos sujetos a CBAM. Afecta a casi todos los sectores. El acero está en la maquinaria, la automoción, la construcción, la energía, los bienes de equipo y en infinidad de productos transformados.

Los envases y embalajes acompañan prácticamente a cualquier mercancía que se fabrica, importa, exporta o distribuye. Y el CBAM anticipa una forma distinta de entender el comercio internacional: ya no basta con saber qué se compra y a qué precio; hay que saber cómo se ha producido, con qué materiales, con qué emisiones y con qué trazabilidad.

La paradoja es evidente. Un coste visible de 3 euros ha concentrado la atención pública. Mientras tanto, medidas que pueden alterar márgenes, precios, proveedores, contratos, decisiones de compra y modelos de aprovisionamiento han pasado casi desapercibidas. Quizás porque son más difíciles de explicar. Quizás porque no aparecen directamente en el ticket del consumidor. O quizás porque seguimos mirando la aduana como un trámite operativo, cuando hace tiempo que se ha convertido en una variable estratégica.

El problema no será solo pagar más. Será no haberlo previsto. No saber si el proveedor puede aportar los datos necesarios. No haber revisado el origen, la clasificación, el valor, el embalaje, las emisiones o el impacto de un contingente. No haber trasladado esos costes al contrato o al precio de venta. No haber entendido que la decisión aduanera ya no empieza cuando la mercancía llega a la frontera, sino mucho antes: cuando se diseña el producto, se elige el proveedor o se negocia la compra.

La “tasa Shein” ha tenido la atención mediática porque es simple, visible y directa. Pero la verdadera transformación está en otra parte. Está en una frontera cada vez menos visible para el consumidor, pero cada vez más determinante para la competitividad de las empresas.

La frontera sigue sin salir en los telediarios. Pero ya está decidiendo mucho más de lo que parece.