Mirar sin ver  | 

El tamaño importa

Eso de gobernar para el pueblo, sin el pueblo, modificando leyes a tu antojo, es el irreparable daño que queda

La historia se ha ido encontrando con una serie de personajes dedicados a hacer el mal, otros el bien y los terceros, todo lo contrario, ni una cosa ni otra, solo suyo. Todas estas personas tenían un rasgo en común y era que todos eran hombres y estaban por debajo del 1,65 metros, lo que hoy en día, serían considerados como de baja estatura. El de la laureada, el de la mano en el pecho, el de las hormigas sobre el labio, el canalla y asistente del anterior, el azote de la hierba montando a Othar, el que montaba a Bucéfalo, unos cuantos del supuesto primer estado socialista del mundo, un músico sordo, un extraordinario actor del cine mudo y un gran político mexicano. Y de repente, a mediados del siglo pasado nace uno que sobresale, por sus más de 1,90 metros, que llega al poder, sale y quiere seguir repitiendo sine die. Cada vez que habla “sube el pan”, que decía mi abuela. Ahora si solo hablase…, porque el caos llega cuando además de hablar se pone “manos a la obra”, y entonces no es que sube el precio pan, sino que sube todo lo demás, excepto el precio de las vidas humanas, que se queda a precio de saldo.

Es muy probable que algunos de sus hechos tengan determinada justificación, si bien no ha habido una transparencia previa. Aunque el verdadero problema no es el fondo, sino la terrible forma de llevarlas a cabo y la devastación por el camino, que algunas personas “sabias” lo llaman daños colaterales. Eso de gobernar para el pueblo, sin el pueblo, modificando leyes a tu antojo y conveniencia, ajustando determinados actos con fechas de comicios, para que la verdad no te trastorne el relato, es el daño, el irreparable daño que queda.

Y para no salirme más de mi profesión como actor de la cadena de suministro, junto con mi pasión por el mar, ya veo como el petróleo, más el bloqueo de estrechos y canales, para prolongación del traslado de rutas añadiendo mayor tiempo de tránsito, se va a convertir en una escalada de los precios del transporte, es decir en el PVP, ¡hurra!, ya me quedo más tranquilo. “Y el diablo, harto de carne, se metió a fraile” (Refranero popular).

Miguel Rocher

mrocher@operinter.com