Editorial  | 

Europa, sola en la carrera verde

Desde 2024, los buques que tocan puertos europeos pagan por sus emisiones de CO2. En 2026, la factura será completa.

El nuevo año traerá consigo la aplicación plena de dos de los grandes pilares del Green Deal: el ETS marítimo y el Mecanismo de Ajuste en Frontera de Carbono (CBAM). Ambos simbolizan el firme compromiso de la UE con la descarbonización del transporte, pero también evidencian una realidad incómoda: Europa corre sola en una carrera que el resto del mundo apenas ha comenzado.

Desde 2024, los buques que tocan puertos europeos pagan por sus emisiones de CO2. En 2026, la factura será completa. Lo mismo ocurrirá con el CBAM, que empezará a gravar efectivamente las importaciones de  aluminio, cemento, electricidad, fertilizantes, hidrógeno, hierro y acero según su huella de carbono.

Sobre el papel, el objetivo es justo: evitar la competencia desleal y frenar la fuga de emisiones. En la práctica, el resultado amenaza con ser un nuevo sobrecoste para las cadenas logísticas y para la industria europea.

Los operadores marítimos, portuarios y logísticos ya afrontan un sistema complejo, caro y burocrático. Cada tonelada de CO2 se convierte en un coste añadido, y cada normativa suma nuevas obligaciones administrativas. Mientras, los competidores extracomunitarios operan sin los mismos límites, desviando tráficos hacia otros puertos, convertidos en auténticos refugios fiscales del carbono. Europa paga más, pero no emite menos: simplemente desplaza las emisiones fuera de sus fronteras.

El problema no es la ambición climática, sino la falta de coordinación global. Sin un marco común bajo el paraguas de la OMI o acuerdos multilaterales realistas, el ETS y el CBAM corren el riesgo de penalizar al transporte europeo sin reducir el impacto climático mundial. La descarbonización no puede ser una competición por ver quién legisla más rápido, sino una transición coordinada que no deje atrás a quienes mueven la economía.

Europa no puede permitirse ser ejemplar a costa de ser irrelevante. El reto no es sólo liderar la agenda verde, sino hacerlo sin romper su competitividad industrial y logística. Si no se corrige el rumbo, 2026, que está a punto de dar sus primeros pasos, pasará a la historia como el año en que Europa decidió pagar el precio de ir sola en la carrera hacia las cero emisiones.