Descarbonizar, sí, pero sin dogmas ni urgencias
Recientemente, Transport & Environment señalaba en su invitación al ‘State of European Transport 2026’ que Europa se enfrenta a lo que podría calificarse como una “competición existencial”: la urgencia de cumplir los objetivos climáticos, liderar el desarrollo de tecnologías limpias y mantener su competitividad frente a Estados Unidos y China, todo en un contexto marcado por la simplificación y la desregulación. Un planteamiento tan épico me ha hecho reflexionar y rescatar a Milton Friedman: “Las políticas deben juzgarse por sus resultados, no por sus intenciones”.
Veamos los resultados: Europa pierde peso justo en la década y media en la que ha desplegado el mayor arsenal normativo “verde” del planeta. En 2010, la UE representaba casi el 22% del PIB mundial, ligeramente por debajo de EE. UU. y frente al 9% de China. En 2024, ambos competidores han elevado su presencia en el mercado -el primero en cuatro puntos y el segundo en casi siete-, mientras que la UE ha retrocedido casi cinco puntos. No es un detalle estadístico; es un síntoma. Cuando tu cuota de PIB mundial baja mientras endureces el marco regulatorio y encareces la energía, algo no encaja entre el relato y la realidad. Creo no exagerar si digo que cualquiera, incluso T&E, puede enumerar las causas: regulación excesiva y compleja, escasa atención a la competitividad y elevados costes energéticos.
Surge así la pregunta incómoda para el transporte: ¿de verdad podemos “electrificarlo todo” al ritmo que exigen algunos, si el suelo económico se está debilitando? El precio de la electricidad industrial en la UE va camino de triplicar el de la potencia norteamericana. Y el gas natural lo sextuplica. Con esa brecha, convertir la transición en un “todo BEV” no es valentía; es arriesgar competitividad, inversión y empleo.
Además, se observa un efecto colateral inesperado, muy alejado de las intenciones del regulador: el parque de vehículos envejece. Cuando el abanico tecnológico se estrecha, los costes suben y la incertidumbre se incrementa, muchas empresas -y numerosos ciudadanos- posponen la renovación de sus flotas.
No quiero pasar por alto otra dimensión que vuelve con fuerza cada vez que el mundo se tambalea, como sucedió en 2022 con la invasión rusa de Ucrania: la independencia energética. Europa experimentó de manera abrupta lo que significa depender de terceros para su suministro. Por eso, la descarbonización no puede limitarse a “cambiar de motor”; debe ser también una estrategia para reducir vulnerabilidades y reforzar nuestra resiliencia. Los combustibles renovables (como el HVO en carretera o el SAF en aviación) permiten recortar emisiones ya, aprovechando flotas e infraestructuras existentes y, además, abren una oportunidad industrial: España puede convertirse en potencia productora y exportadora si se crea un marco estable y no se aparta esta solución del tablero por prejuicio regulatorio.
Descarbonizar, sí, pero sin dogmas ni urgencias. Si queremos resultados -menos emisiones reales, parque más joven e independencia energética- necesitamos neutralidad tecnológica, energía competitiva e incentivos a la inversión; no una transición diseñada desde el eslogan.
Ramón Valdivia
rvaldivia@astic.net
