Shippers & Co  | 

Lo que la guerra nos deja

La normalización del riesgo es, probablemente, el riesgo más peligroso de todos

La paz siempre es una buena noticia. Aunque sea frágil o intermitente, reduce la incertidumbre y aporta estabilidad a las cadenas de suministro. Existe, sin embargo, un inevitable efecto secundario: dejamos de mirar todo aquello que la guerra ha cambiado mientras el foco estaba puesto en el conflicto. En apenas unas semanas hemos normalizado situaciones impensables hace sólo unos meses.

Ormuz nos deja una primera alerta. El conflicto ha demostrado que no es necesario bloquear un estrecho para generar un impacto económico. Basta con introducir incertidumbre. Los mercados reaccionan, aumentan los costes y la logística incorpora un nuevo factor de riesgo que difícilmente desaparecerá con la paz. Pero el cambio más silencioso ha sido otro. Mientras toda la atención se dirigía hacia Oriente Medio, las navieras continuaban consolidando políticas comerciales basadas en los blank sailings, la gestión de capacidad y el incremento de tarifas. La geopolítica ha vuelto a convertirse en un argumento comercial para consolidar tensiones de precios y una menor transparencia que difícilmente remitirá. Hay una tercera señal que no deberíamos pasar por alto. Los disparos de advertencia efectuados en junio por una fragata rusa contra una embarcación civil en el canal de la Mancha no deberían interpretarse como un incidente aislado. Constituyen una seria advertencia. Si una situación de este tipo puede producirse en uno de los corredores marítimos más importantes de Europa, conviene asumir que la presión geopolítica sobre las rutas estratégicas ya no pertenece únicamente a escenarios lejanos.

Lo preocupante no es Ormuz. Lo preocupante es que el estilo Ormuz deje de ser una excepción. La guerra nos ha recordado que Europa no sólo tiene un problema energético. También tiene un polvorín logístico. El hardware logístico europeo pertenece al siglo XX; el software con el que seguimos gestionándolo responde a un mundo donde la geopolítica apenas condicionaba el comercio internacional. Dependemos de unos pocos corredores estratégicos -estrechos, puertos e infraestructuras- que durante décadas dimos por garantizados y que no siempre priorizan el transporte de mercancías. Hoy sabemos que no es necesario bloquearlos para alterar su funcionamiento. Basta con introducir incertidumbre para alterar seguros, energía, rutas, costes y decisiones comerciales. La vulnerabilidad ya no reside únicamente en la infraestructura, sino en la incertidumbre que genera. Europa diseñó sus infraestructuras para maximizar la eficiencia; ahora tendremos que gestionar nuestras cadenas de suministro para garantizar la resiliencia.

Quizá el mayor error sea acostumbrarnos a esta situación. La normalización del riesgo es, probablemente, el riesgo más peligroso de todos. Cuando un riesgo deja de sorprendernos, también deja -poco a poco- de ocupar las reuniones de dirección, aunque siga condicionando las cadenas de suministro. Para un cargador, la paz no debería significar dejar de mirar estos indicadores, sino incorporarlos de forma permanente a su análisis estratégico. Porque la guerra no sólo ha cambiado la logística; también está cambiando la forma en que percibimos el riesgo. Y cuando un riesgo deja de sorprendernos, empieza a dejar de gestionarse. Ese es el peor legado que la guerra nos deja.

Jordi Espín

jespin@transprime.es