Pequeño Hermano  | 

Mil kilómetros de soledad

Todo se transforma, nada se pierde

Huyeron de pueblos atormentados. Fuertes, con nada que perder, lucharon contra la maldición secular. Llegaron a las ciudades para construir casa nueva. Confluyeron afluentes para alimentar a una nación que empezaba a levantarse de una siesta de sábanas grises, con olor a cama vieja. Traían con ellos los viejos rudimentos. El esfuerzo marcado a fuego. El tesón de la azada. La liturgia de la palabra dada.

El progreso llegó con las nuevas cadenas, con la externalización del transporte y para una generación que eclosionaba, ya sin colas de cerdo. Pasaron las armas a los hijos y encontraron por fin un lugar en el que vivir, trabajar y multiplicarse, sin miedo a sonreír.

La rueda universal siguió girando. Los naranjeros crecieron junto a los puertos. Los hortelanos rompieron montañas y movieron el frío. Los de secano encontraron aguas nuevas y las metieron en cisternas. La fiesta era con vino de taberna, y el vino fluía como un río. Pero solos, siempre solos.

En la soledad trabajaron y medraron, y aunque el progreso tenía luces largas, se dieron cuenta de que quizás no habían dejado nunca el pueblo. El vino se hizo rancio, y la fiesta se amuermó. La metáfora de la cadena se transformó en sometimiento, otra vez en los márgenes del hambre. Otra vez el hambre. Eso no. Mejor vender. Que esto no sea Macondo.

Pero antes, un último brindis y, al levantar la copa, una lágrima, aunque sea para reconocer la derrota, a pesar de las victorias. Canta Drexler que el beso se hizo calor, el calor movimiento, luego gota de sudor, que se hizo vapor y luego viento. Cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da. Nada es más simple. No hay otra norma. Nada se pierde. Todo se transforma.

Para Marcos, para Ramón, y para todos los que nos mueven. Ellos van sobre ruedas, y las ruedas mueven el mundo en noches eternas de carretera.

Javier Miranda Descalzo

javier.miranda@grupoxxi.com