El transporte se la juega al volante
El déficit de profesionales se ha convertido en el principal quebradero de cabeza del sector y, probablemente, en su mayor riesgo estratégico.
El déficit de profesionales se ha convertido en el principal quebradero de cabeza del sector y, probablemente, en su mayor riesgo estratégico.
Las operaciones corporativas registradas en 2025 confirman un secreto a voces: el transporte sigue siendo atractivo para inversores industriales y financieros.
Comprar se ha vuelto demasiado fácil; devolver, aún más.
El mapa portuario europeo se está reescribiendo, y no habrá sitio para todos en primera línea.
Pocos sectores reflejan con tanta precisión el pulso de la economía como el transporte de mercancías.
El comercio internacional ya no se entiende como antes.
El objetivo de los ‘ecobonos’ es claro y necesario, pero para que funcionen, es imprescindible que el dinero llegue a las empresas que utilizan los servicios subvencionables.
Desde 2024, los buques que tocan puertos europeos pagan por sus emisiones de CO2.
El Plan de Acción Nacional para la Descarbonización del Transporte Marítimo es un gesto es relevante, pero el volumen no lo es tanto.
Si se pretende que la transición sea real y no retórica, hay que medir los pasos, diseñar incentivos, coordinar esfuerzos internacionales y, sobre todo, dialogar con el sector.
Si Bruselas reclama neutralidad climática en 2050 y una reducción del 45 por ciento en las emisiones de los nuevos camiones en 2030, el margen ya no es teórico.
La descarbonización, la digitalización y la mejora de la eficiencia energética son exigencias inaplazables, y la Ley de Movilidad Sostenible busca ordenar esa transición.
Europa necesita marcos regulatorios estables, incentivos claros a la innovación y la capacidad de rectificar cuando las decisiones iniciales se demuestran limitadas.
La seguridad no es un tema exclusivo de las fuerzas del orden: es un factor de competitividad y reputación para todo el sector.
La industria exportadora, que necesita previsibilidad y costes razonables para competir, se enfrenta a un escenario en el que cada crisis política se traduce en disrupciones logísticas, sobrecostes y pérdida de márgenes.
Invertir en conservación no es un lujo ni un capricho de las constructoras o de los transportistas: es la garantía de seguridad vial, de eficiencia logística y de cohesión territorial.
Si varios países ya han abierto sus carreteras a vehículos de mayor capacidad, ¿qué impide una armonización?
Las políticas de movilidad sostenible se diseñan de espaldas a la logística, como si esta no existiera o fuera un asunto menor.
La solución para avanzar hacia las cero emisiones no pasa por cargar de obligaciones a los operadores.
El transporte por carretera soporta una presión fiscal muy superior a la del resto de modos, muchos de los cuales disfrutan de exenciones y subvenciones que distorsionan la competencia.
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