Los sistemas interdependientes rara vez se adaptan a dinámicas divergentes
En ocasiones, los equilibrios más delicados se rompen a través de pequeños gestos que, acumulados, acaban dibujando una tendencia difícil de ignorar. El sector del transporte, habituado a hablar de eficiencia y coordinación, parece haber encontrado una nueva forma de funcionamiento: aquella en la que no todos los eslabones participan por igual en las decisiones que les afectan.
En un contexto donde la interdependencia define cada eslabón, resulta significativa la facilidad con la que el discurso colectivo sitúa el foco, una y otra vez, en un único actor -los cargadores-, como si las tensiones del sistema no fueran inherentes al conjunto. Puede que sea una lectura funcional o, simplemente, la más cómoda, pero aporta poco más que repetir un mantra ya conocido.
El RDL 3/2022 aportó una pax romana que abrió una etapa que invitaba a una cierta estabilización. Las medidas incorporaban novedades calificadas de históricas, a las que los cargadores dieron soporte incondicional. Aun así, las 44 T -incluidas en el mismo RDL- tuvieron que esperar hasta 2025. Lo natural habría sido avanzar hacia espacios de interlocución más amplios, con visiones compartidas. Sin embargo, la realidad ha optado por dinámicas ya conocidas, en las que el diálogo no se ejerce con la amplitud que el sistema requiere.
Las últimas medidas -RDL y OM en marcha- han surgido sin contraste y, sobre todo, sin interlocución con las empresas cargadoras, reduciendo la posibilidad de construir, entre todos, la mejor solución. Es posible que todo responda a una mirada vinculada a un discurso colectivo pendiente de renovación. Resulta difícil comprender que, de forma sistemática, se justifiquen determinadas demandas que releguen a lo cargadores a un plano irrelevante. O que, simplemente, se haya asumido -una vez más- que su voz ni siquiera condiciona el curso de las decisiones. El resultado es claro: formar parte del sistema, pero no de la conversación.
Todo ello pone de manifiesto que la tan mencionada colaboración sectorial acaba por institucionalizar un modelo en el que las empresas cargadoras asumen, de forma sistemática, culpas y responsabilidades que no siempre les corresponden, siendo además señaladas como origen de desequilibrios profundamente arraigados, cuya génesis es de atribución compleja. Cuando los caminos comienzan a separarse de forma sostenida, conviene recordar que los sistemas interdependientes rara vez se adaptan a dinámicas divergentes. Sin participación efectiva ni diálogo compartido, el sector difícilmente mejorará, y menos aún sin un espacio común consolidado.
Lo que en apariencia genera impacto inmediato tiende a trasladar desequilibrios a planos menos visibles, donde pueden aflorar más adelante en el mercado con una intensidad que no siempre resulta fácil de reconducir. Quizá por eso, evitar espacios de diálogo no sea tanto una opción como una forma poco prudente de limitar el margen de las soluciones futuras. Porque, en última instancia, el potencial para construir soluciones más equilibradas sigue estando ahí, al alcance de quienes decidan abordarlas desde una perspectiva común y contando con los cargadores como parte activa de ese equilibrio.
Jordi Espín
jespin@transprime.es