¿Qué ocurre cuando varias disrupciones de naturaleza diferente coinciden y cada una reduce nuestra capacidad para afrontar la siguiente?
Este verano he leído Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin. Su protagonista, Shevek, pasa buena parte de la novela intentando comprender dos mundos cercanos y distintos sin acabar de pertenecer por completo a ninguno de ellos. Su transformación personal sólo se resuelve cuando aprende a desprenderse de certezas y a mirar la realidad como es, no como desearía que fuese. No parece una mala reflexión para volver al curso con una mirada limpia. Durante nuestra pausa estival, las redes de transporte han seguido sometidas a un particular acoso intensivo. Bajos caudales que han condicionado severamente la navegación en algunos ríos europeos, incendios que han afectado infraestructuras y corredores. Y todo ello en medio de una geopolítica que no ha tensionado sólo zonas lejanas: la guerra híbrida ha llevado los drones hasta infraestructuras europeas y el episodio de Leipzig, uno de los principales hubs de carga aérea del continente, recuerda hasta qué punto la frontera entre conflicto y logística es imprecisa. Todos ellos son fenómenos distintos, pero tienen un mismo punto de encuentro: la red logística.
Esta endiablada ecuación no se resuelve sola, ni con un “solucionador de disrupciones” al uso. ¿Qué ocurre cuando varias disrupciones de naturaleza diferente coinciden y cada una reduce nuestra capacidad para afrontar la siguiente?
Los bajos caudales fluviales han forzado el traslado de flujos de mercancías al ferrocarril o a la carretera. Tenemos, por suerte, una alternativa y, por lo tanto, podemos calificarla de redundancia disponible. Pero al utilizarla, también la consumimos. Esa capacidad estructural deja de estar disponible para responder a otro problema simultáneo o futurible. Si aparece un nuevo incidente, o cualquier otra crisis que desvíe nuevos flujos hacia los mismos corredores ya tensionados, la segunda disrupción ya no disfrutará la misma disponibilidad que encontró la primera. Cada disrupción modifica y reduce la capacidad de la red para absorber la siguiente.
Durante décadas hemos asociado eficiencia con eliminar aquello que parecía innecesario: capacidad ociosa, rutas alternativas, inventarios, proveedores adicionales. La eliminación de redundancias logísticas tenía sentido en un entorno razonablemente previsible. Pero el concepto de eficiencia, hoy, necesita ser revisado. Especialmente cuando la excepcionalidad es un ingrediente habitual de las cadenas de suministro.
La redundancia puede tener un coste, por supuesto. Pero quizá siempre hemos contabilizado muy bien el coste de la redundancia y bastante peor el de la fragilidad, sin incorporar a nuestras decisiones todo el coste que esta última podía llegar a tener. No se trata de duplicarlo todo ni de acumular capacidad por si acaso. Se trata de aceptar que renunciar a una parte de la perfección teórica puede proporcionarnos algo cada vez más valioso: margen de maniobra cuando la realidad se aparta del plan. Este es el punto principal que extraigo de la novela: estar dispuesto a desprenderme de algunas certezas para entender mejor el mundo que tenemos delante. Hemos construido redes muy eficientes para la normalidad. Ahora toca diseñarlas para la anormalidad desde la observación de su posible fragilidad.
Jordi Espín
jespin@transprime.es
