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Carreteras olvidadas: la invisibilidad de lo urgente

La falta de mantenimiento resta competitividad a nuestro sector

Durante años, en el sector del transporte por carretera hemos terminado por asumir con resignación el deplorable estado de nuestras vías, como si fuera un “paisaje natural” inmutable. Lo que está en juego no es solo la comodidad del conductor ni los costes de las empresas. Hablamos de seguridad y competitividad, dos conceptos que, al parecer, no vienen con un cartel luminoso que los haga visibles a los políticos.

Cada vez que llega un temporal intenso, aparece lo que todos ya “aguantábamos” con estoica paciencia: baches que se multiplican como gremlins, desprendimientos que parecen salidos de un guion de terror y señalización horizontal que desaparece como por arte de magia. Para un camión de 40 toneladas esto constituye un riesgo evidente y constante. Ese “escalón” en el firme con lluvia no avisa y obliga a maniobras bruscas, aumenta la probabilidad de perder el control y multiplica el riesgo de un accidente. El problema no es anecdótico. Según la DGT, el 52% de las carreteras evaluadas presenta deterioros graves o muy graves y unos 34.000 kilómetros claman por actuaciones urgentes en el plazo de un año. Una radiografía de lo que sucede cuando se prefiere la pose de inauguración de nuevas infraestructuras a mantener lo que ya tenemos. Basta con recorrer la A-66, sobre todo entre Benavente y León, para constatar que esto no es un despiste aislado, sino un problema estructural y prolongado, casi histórico. Y si miramos la red autonómica y provincial o los accesos a polígonos, puertos y nodos logísticos, la cosa no mejora: es un catálogo de baches vintage. Resulta especialmente sangrante que, en algunos tramos, la única “mejora” durante años sean carteles que recen “tramo de concentración de accidentes” o “pavimento en mal estado”, acompañados de la inevitable obligación de que los vehículos aminoren la velocidad. Parece que, para las distintas administraciones, señalizar un desastre equivale mágicamente a repararlo.

El deterioro, además, es acumulativo: lo que en su momento podía repararse con un coste moderado termina multiplicándose hasta cifras astronómicas. El año pasado, la Asociación Española de la Carretera estimó que serían necesarios 13.491 millones de euros para recuperar la red, frente a los 9.500 millones calculados en 2022. Mientras tanto, el ministerio capitaneado por Óscar Puente presume de haber destinado 7.200 millones desde 2018 y de manejar unos 1.300 millones anuales. Si hacemos cuentas, la cosa no cuadra: por mucho que el ministerio presuma de cifras y presupuestos (heredados de 2023, por cierto), los números no se alinean con la realidad de las carreteras.

España llegó a tener, junto a Alemania, una de las redes viarias más avanzadas de Europa. Hoy, la falta de mantenimiento erosiona esa ventaja y resta competitividad a nuestro sector. Como señalaba con acierto Ignacio Barrón, ingeniero y presidente de la comisión que investiga el accidente ferroviario de Adamuz: “El mantenimiento no se inaugura” y “las mercancías no votan”. Dos frases que, por sí solas, resumen bien el drama de lo invisible frente a lo mediático.

Ramón Valdivia

rvaldivia@astic.net