El ferrocarril necesita inversiones, infraestructuras y una gestión más ágil.
El ferrocarril de mercancías tiene un nuevo plan para coger ‘alta velocidad’ en España. La asociación del gran consumo Aecoc lo ha bautizado como “Tren Maestro” y su objetivo es impulsar la intermodalidad mediante un modelo que responda mejor a las necesidades de cargadores y distribuidores. La iniciativa merece atención. Que quienes generan la carga definan qué esperan del tren siempre es una buena noticia. Lo llamativo es que su decálogo de recomendaciones resulta extraordinariamente familiar. Más fiabilidad. Más puntualidad. Más frecuencias. Servicios multicliente. Terminales más eficientes. Mayor transparencia y digitalización. Más competitividad frente a la carretera… La hoja de ruta dibuja con precisión los principales retos del ferrocarril. Pero también confirma algo más difícil de digerir: el sector sigue señalando los mismos problemas que lleva décadas intentando resolver. Y ahí está el quid de la cuestión.
El cliente del tren no busca cumplir objetivos modales ni alimentar estadísticas europeas. Busca fiabilidad, flexibilidad, saber que su mercancía llegará cuando tiene que llegar y, sí, también coste. Lo mismo que ocurre en cualquier otro mercado.
El documento de trabajo insiste en resolver aspectos operativos básicos que deberían estar hace tiempo superados: regularidad, capacidad, coordinación entre actores, eficiencia en terminales y trazabilidad de las mercancías. La propuesta tiene, sin embargo, una virtud importante, que es de aplaudir. Vuelve a situar la conversación donde debe estar: en las necesidades reales de la demanda. Porque la intermodalidad no crecerá por decreto. Tampoco por convicción ambiental. Crecerá cuando el tren ofrezca un servicio capaz de competir en fiabilidad, frecuencia y eficiencia con las alternativas existentes, y siempre de la mano del transporte por carretera, que debería convertirse en su principal aliado.
El ferrocarril necesita inversiones, infraestructuras y una gestión más ágil. Pero, sobre todo, necesita resultados. Porque a estas alturas, el problema no es que el tren no conozca la receta. El problema es que sigue sin cocinar el plato. Y, mientras tanto, las consecuencias también son de sobra conocidas: el tren mueve menos mercancías que hace un cuarto de siglo.
