Pocos sectores reflejan con tanta precisión el pulso de la economía como el transporte de mercancías.
Pocos sectores reflejan con tanta precisión el pulso de la economía como el transporte de mercancías. Cuando la industria se frena, los camiones lo notan antes que las estadísticas. Cuando el comercio se anima, los almacenes y las terminales portuarias se llenan antes de que los informes del PIB lo confirmen. El transporte es el termómetro de la economía real: mide lo que se mueve, no lo que se declara. Sin embargo, pese a su papel esencial, sigue sin ocupar el lugar que merece en la agenda política. 2025 lo ha vuelto a demostrar. Un año marcado por la incertidumbre, por los costes crecientes y por un sector que ha tenido que enfrentarse solo a sus retos estructurales: la falta de conductores, la hiperregulación, la transición energética y la competencia internacional… Mientras tanto, el Ministerio de Transportes ha estado más pendiente de la política que de la gestión. El ministro Óscar Puente ha sido, sin duda, uno de los más mediáticos del Gobierno, pero el transporte de mercancías ha permanecido huérfano de dirección. Su protagonismo en debates ajenos al sector ha contrastado con la ausencia de medidas concretas para reforzar la competitividad de un ámbito que, paradójicamente, todos los responsables políticos califican de “estratégico”. Lo es, pero solo cuando toca pronunciar discursos.
La realidad es que el transporte no necesita discursos, sino decisiones: inversión en infraestructuras logísticas, coordinación entre modos, seguridad jurídica… Necesita una política de Estado que mire más allá del calendario electoral y entienda que la logística no es un servicio auxiliar, sino la columna vertebral de la economía.
El 2025 ha vuelto a demostrar que el transporte aguanta, pero no puede hacerlo solo. Las empresas han seguido rodando con márgenes mínimos, los profesionales mantienen el sistema en marcha pese a la falta de relevo y la burocracia no deja de crecer. Aun así, el camión sigue llegando, el tren sigue circulando y los puertos siguen operando. Si eso no es resiliencia, que alguien lo explique.
El transporte seguirá siendo en 2026 el mejor termómetro de la economía. Pero sería deseable que, además de medir su temperatura, alguien cuidara su salud. Porque cuando el transporte se enfría, no hay economía que siga caliente.